
Redacción de Vtophya.
Idea original de Vtophya & Rusy.
Correcciones de redacción por Mara Loneliness.
CAPÍTULO 3 Un joven molesto.
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En la vieja ruina se veían libros y mapas de todo tipo acumulados en las esquinas de los cuartos, por cualquier sitio, apilándose unos sobre otros como si fueran demasiados para las enormes estanterías que también estaban llenas.
El anciano les había guiado a sus habitaciones. La casa no era un lujo, pero había suficiente lugar para que cada uno se quedara en su propio cuarto.
Rusy llegó arrastrando los pies y se dejó caer en el mullido colchón, durmiéndose casi al instante, tal vez por el cansancio, pero la comodidad del lugar también había tenido mucho que ver, hacía varios días que no dormía en una cómoda cama.
Fallen había logrado, a duras penas, llegar a su habitación, y alcanzar su cama había sido como una trampa mortal, puesto que se había estrellado en el trayecto con varios muebles de la casa y algunas esquinas y paredes, hasta que finalmente llegó a la cama, donde se dejó caer y se durmió al instante.
Dark por otro lado, siguió al viejo en silencio hasta la habitación que le había dispuesto. No estaba segura de si aquel sitio era realmente seguro, pero de cualquier manera ya se habían metido a la guarida del lobo y no había marcha atrás. Fuera cual fuera el desenlace ya las piezas del tablero habían comenzado a moverse y debería de adaptarse a la partida.
Primero sondeó el lugar, pero al no encontrar nada sospechoso decidió lavar su ropa y tomar un baño. Las últimas horas habían sido muy duras y presentaba un aspecto lamentable, al igual que sus compañeros de trayecto. Aún no podía comprender muy bien cómo ella, que había decidido no volver a hacer equipo con nadie y llevaba tanto tiempo trabajando sola, había terminado con esos críos. Era ahora… ¿una niñera?
Sacudió la cabeza ante la absurda idea. Nada más salir de esa isla cada uno tomaría su camino y olvidarían que un día se conocieron. Eso era lo mejor.
Se desvistió y lavó un poco su ropa para enseguida colgarla en una silla a secarse, a diferencia de la noche anterior, en esa ocasión hacía más calor, y supuso que no se tardaría demasiado en secarse. Llenó la bañera y se metió.
Lo ocurrido no dejaba de darle vueltas en la cabeza impidiéndole relajarse. Sabía que había algo que no encajaba del todo en aquello, y su instinto le decía que el anciano ocultaba algo, ¿Por qué las ruinas de la casa donde se refugiaron la noche anterior lucían diferentes de las del resto del pueblo? Y las rosas… ¿quién era ese “él”?
Muchas preguntas y ninguna respuesta.
Suspiró y hundió la cabeza en el agua tratando de despejarse un poco. Necesitaba concentrarse para poder averiguar lo que estaba pasando ahí.
No supo cuanto tiempo había pasado recostada en la tina, o si se había quedado dormida unos momentos, pero sus manos ya habían comenzado a arrugarse, lo que le indicó que era tiempo de salir del agua. Se levantó y observó a su alrededor hasta encontrar una toalla, la cual tomó y enredó en su cuerpo. Salió y observó su ropa en la silla, parecía que ya se había secado en su mayoría.
Notó una brisa helada proveniente de una ventana que había dejado abierta. Se acercó para cerrarla, pero al instante se ocultó tras la cortina. Pudo observar como el anciano estaba en el jardín contemplando la casa, minutos antes de adentrarse en el bosque. Se cambió veloz y se amarró la espada a la cintura, para enseguida salir por la ventana sin hacer ruido. No sabía si era conveniente o no despertar a sus compañeros de trayecto, pero si era peligroso prefería enfrentarse ella sola a ponerlos en peligro...
Se detuvo en seco ante aquel pensamiento.
¿Estaba preocupada por ellos?... No, eso era imposible.
Simplemente sería que no quería que le estorbaran. Eran muy cabezas huecas y solo traerían problemas. Era una tontería pensar que se preocupaba por unos críos que acababa de conocer. Quitó rápidamente la idea de su cabeza, enfadándose consigo misma, había perdido el rastro del anciano, este era menos desastroso que el no-vivo al caminar, además era de noche y no podía distinguir las huellas que seguramente habría dejado.
Sin embargo, algo le decía que sabía donde lo iba a encontrar.
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En el interior de la vieja casa, la otra chica se había levantado con sed y un poco cansada por la posición en que había quedado dormida. Al detenerse por algo de beber su vista se distrajo en una silueta que se alejaba ágilmente por el interior de aquella selva.
Rápidamente tomó su espada, y salió volando por la ventana. No sabía que estaba sucediendo, pero le había pillado la curiosidad al ver que Dark se estaba adentrando en aquel oscuro y tenebroso lugar.
Aunque había planeado seguirla desde las alturas en un principio, la espesura de la selva y la tremenda oscuridad dificultaban su marcha, de manera que decidió seguir por entre la selva, aún volando para no hacer ruido con sus pisadas y poder elevarse en caso de que la pelinegra volteara a donde estaba. No estaba muy segura, pero algo le decía que si Dark la llegaba a notar se llevaría una buena regañina.
La pelinegra estaba segura que todo lo que necesitaba saber giraba alrededor de ese "él" que el anciano había nombrado. A medio camino se había detenido varias veces a mirar atrás. Tenía la sensación de que alguien la iba siguiendo desde hacía un buen rato. Observó cuidadosamente a su alrededor, había demasiada selva como para saber dónde podía estar oculto quien quiera que la estuviera siguiendo, de modo que, caminando con paso más lento, siguió su trayecto, observando a momentos hacía atrás.
La joven rubia por su parte seguía volando, pero se encontraba demasiado cansada por la odisea del día anterior, y en un largo bostezo perdió de vista el camino que llevaba, por lo que no pudo ver la enorme rama que se encontraba frente a ella, con la cual se estrelló de lleno.
Cayó al suelo inevitablemente, el ruido que provocó fue suficiente para que varios animales salieran de su escondite y algunas parvadas de aves revolotearan con violencia.
- Eso dolió - se quejó, frotándose la cintura con la mano derecha.
En seguida se sentó y comenzó a buscar con la mirada a la persona que había estado siguiendo, pero no la vio por ninguna parte. Chasqueó la lengua e inclinó la cabeza con resignación.
- La perdí - murmuró de manera lastimera. Se levantó y sacudió su ropa. Lo mejor que podía hacer en aquel momento era volver a la casa a tratar de dormir, seguramente Dark les explicaría lo que pasaba, así que dio media vuelta y comenzó su camino de regreso.
Positivamente hablando, si Dark no la había visto, no la reprendería por seguirla, así que tenía una cosa menos por la cual preocuparse.
La pelinegra salió de detrás de algunos arbustos cuando la más joven se perdió de su vista. Una vez más, se dijo mentalmente que no se había ocultado para evitar que la chica corriera algún peligro, sino para que no le estorbara. Pero cada vez que trataba de convencerse de que eso era verdad, la voz en su cabeza que decía lo contrario, se volvía más fuerte y molesta.
Resopló con fuerza, tratando de sacar aquellos pensamientos de su cabeza. Ya se cuestionaría cuando encontrara la manera de salir de ahí, por el momento había cosas más importantes de que preocuparse.
Tomó dirección a las ruinas del pueblo y allí le encontró, tal y como esperaba, frente a la casa donde se habían refugiado la noche anterior. Estaba sentado en el suelo, recargando la espalda en una piedra, con la mirada perdida en las ruinas, una botella de sake descansaba en su mano, y a sus pies había un ramo de rosas idéntico al que se habían encontrado esa mañana. Tomó un sorbo del líquido de la botella y vertió otro tanto igual al que había bebido al suelo.
La chica frunció el ceño por el desperdicio de la bebida, pero supuso entender lo que pasaba ahí, y quien era ese “él” que había mencionado antes.
No le pareció peligroso, más bien apesadumbrado, y ella conocía aquella sensación de pérdida y soledad que había cargado de pronto todo el ambiente. Se acercó lentamente al anciano, pero no demasiado silenciosa para que notara su presencia, no era su costumbre involucrase demasiado con nadie, pero supuso que quizás descubriría como salir de esa isla y lo que había pasado realmente.
El anciano no le miró, sólo le extendió la botella y le invitó con la mano a tomar asiento a su lado. A lo que la joven accedió también sin decir nada, sentándose y dando un buen sorbo a aquel ardiente liquido. Quedaron en silencio mirando a la nada por unos minutos.
- Ya no recuerdo exactamente hace cuanto –comentó aquel apesadumbrado hombre, poniendo fin al silencio y arrastrando cada palabra- pero aquí fue donde comenzó y terminó todo...
Dark le tendió la botella, de la cual, el anciano tomó otro buen trago antes de devolvérsela una vez más. Aquel iba a ser un largo relato.
- La ciudad era muy prospera – continuó el viejo -. El puerto rezumaba vida día y noche. Los barcos provenientes de lejanas costas atracaban con sus peculiares pasajeros. Las tiendas exponían en sus escaparates exóticas mercancías. Curiosos personajes ofrecían espectáculos callejeros a cambio de unas monedas. Y el incesante ir y venir de personas inundaba las calles con sus voces y risas. Nadie sabía ni el cómo ni el porqué todas las log pose en algún momento de su trayecto marcaba a nuestra isla, y sin duda esto había sido el impulsor de nuestra economía...
La conversación era solo interrumpida por el constante intercambio de la botella de licor, aunque ambos habían dejado de beber aquellos largos sorbos, centrándose en el relato que acababa de comenzar.
- Mi familia llevaba generaciones en esta isla – habló el anciano tras otro sorbo a su bebida -. Éramos gente humilde, no muy rica, pero honrada. Mi padre era carpintero. Era una persona un tanto huraña y severa. No se metía con sus vecinos pero ellos tampoco se metían en sus asuntos – no pudo evitar una ligera sonrisa al recordar a su viejo, los recuerdos comenzaban a florar como si los estuviera viviendo otra vez -. Por entonces yo tendría unos 20 años, los problemas eran invisibles a mis ojos, o más bien me negaba a verlos, y mi mayor preocupación era a qué chica invitaría para el baile de la recogida de la cosecha – hubo otro corto silencio mientras observaba las ruinas de la ciudad, con los ojos cargados de ayer, como si viera todo pasando de nuevo -. Ayudaba a mi padre en la carpintería. No era el trabajo de mis sueños pero no podía negarme a la tradición familiar.
La pelinegra hizo mueca de desagrado por lo familiar que le resultaba aquello. Sabía lo que era tener que aprender algo por obligación. Apretó la funda de su espada y suspiró para volver a posar su atención en el relato que también comenzaba a cobrar vida en su imaginación.
El anciano giró la botella en el aire y dio un trago largo mientras recordaba el día que había cambiado el resto de su vida.
- Una tarde vinieron a buscar a mi padre...
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- Necesitamos de su ayuda. ¿Podrá hacerse cargo?- dijo al carpintero un hombre de unos cuarenta años y pico. Llevaba el pelo despeinado y tenía aspecto torpe, pero en la mirada se podía vislumbrar una mente despierta e inteligente.
- ¿Está muy lejos? – preguntó el hombre, tenía demasiado trabajo como para andar de paseo a esas horas.
- No – le afirmó el hombre que había caminado hasta ahí solicitando de su trabajo -, a unos pocos metros de aquí.
- De acuerdo – accedió finalmente el carpintero, si estaba cerca no le quitaría mucho tiempo, después de todo no era un trabajo difícil -. Isamu – llamó al interior, y un chico de piel morena y cabello castaño y alborotado asomó la cabeza al exterior, permaneciendo expectante unos segundos, esperando la orden del viejo carpintero -, ve a buscar mis herramientas.
El muchacho volvió a perderse en el interior, para salir unos momentos después con el objeto dispuesto y dejar ver a los clientes su tosco y desaliñado aspecto.
Ambos carpinteros siguieron al hombre trajeado que había ido a su local a solicitar un trabajo.
El más joven cargaba con la pesada caja de herramientas, aunque no parecía que le molestara tanto, estaba bastante acostumbrado a andar con objetos pesados todo el tiempo.
Sería poco más del mediodía y el sol encumbraba el cielo. La distancia desde la carpintería hasta su objetivo no eran más que unas pocas calles. Pero por el desconocimiento del lugar por parte del cliente, y por pasar varias veces por el mismo sitio, les llevó unos cuantos minutos más dar con el punto exacto.
- ¡Gracias a dios! Pensé que no lo encontraríamos. – dijo el muchacho poniendo sus manos a ambos lados de su cintura y soltando una alegre risa.
El carpintero lo miró con gesto desaprobatorio, había sido descortés exclamar aquello en voz alta, aunque el mismo lo pensase, pero ya le enseñaría a su hijo sobre los modales cuando volvieran a casa.
Era un carruaje sencillo, al parecer se le había averiado una de las ruedas al hacer una mala maniobra, provocando que uno de sus radios se quebrara soltando el eje.
-Isamu, coloca el gato.
El joven buscó en la caja de herramientas el gato y se dirigió al carruaje. Este estaba cargado hasta arriba de maletas y cajas. En la parte trasera del carro, atado, había unas cuantas macetas con unas plantas muy raras que no había visto antes. No entendía mucho de flores pero eso no le impedía advertir que olían muy bien y eran bonitas. Apartó el cabello castaño oscuro que caía sobre sus ojos verdes y se dispuso a la colocación de la herramienta cuando se sintió observado.
Levantó la vista discretamente pero su mirada se encontró con la de un joven que lo miraba curioso desde el interior del vehículo.
Éste había abierto la ventanilla, y apoyaba sus brazos sobre el marco, de manera que se había quedado mirando seriamente. Era un chico de más o menos su edad, delgado, con el cabello corto y negro, ojos gatunos azabaches y gafas ovaladas. Tenía la piel pálida y los rasgos finos, no parecía muy fuerte pero tenía la misma mirada viva que la del hombre que había ido a buscarles. No sabía muy bien la razón, pero esa mirada intensa sobre él, le incomodaba. No le gustaba la gente que se creía superior a otras por tener más dinero, y sin duda, ese chico parecía uno de esos.
Le lanzó una mirada fulminante, pero el otro joven le respondió con una pequeña sonrisa, al parecer divertido por su reacción.
Isamu terminó rápidamente su labor, quería alejarse lo antes posible de ese joven desagradable y perderle de vista para siempre. Terminaron su trabajo y el hombre les dio las gracias junto con el importe dispuesto por el carpintero más viejo.
Los siguientes días pasaron sin gran novedad en la vida de Isamu. Había logrado quedar con Yumiko para el baile. No era una chica con la que hubiera hablado mucho, pero era muy bonita y tenía unos pechos grandes. Sin duda era muy afortunado y sería la envidia de muchos.
Su padre estaba trabajando como de costumbre, desde temprano, en la carpintería. Estaba reparando una vieja silla hamaca. La verdad es que parecía muy antigua, alguien normal la hubiera tirado, pero ya se sabía que los pudientes tenían unas costumbres muy excéntricas. No comprendía porque se aferraban a cosas antiguas que cuanto más viejas más valor tenían, incluso había visto como gente había llegado a pelearse fiero por esos “cacharros”. Cuando terminó de arreglarla se acercó a su hijo y le pidió que la llevara a la dirección del papel. El chico cargó la silla hamaca al carro y se dirigió a la dirección señalada.
Llegó a la puerta de una casa estilo colonial de una planta del pueblo que hasta hace nada estaba desocupada. Sus antiguos inquilinos la habían puesto en alquiler y al parecer habían conseguido rentarla hace nada, pese al pésimo estado en que esta se encontraba.
Tocó a la puerta pero nadie atendía, de manera que se acercó a una de las ventanas, pero sólo se veían cajas por el suelo del interior, ningún rastro de vida por alrededor. Se metió por la ventana cargando la silla a su espalda y observó todo el lugar buscando donde podría haber alguien.
Al costado de la casa había un pasillo que daba hacía el fondo. Al llegar al patio trasero se percató que habían plantado aquellas extrañas flores por todo el lugar. Y en medio del jardín, mirándolo curioso, estaba el joven del carruaje averiado del otro día.
- errrr... - se preguntó si el chico iba a armarle jaleo por haberse metido sin avisar, pero prefirió no decir nada al respecto, sujetó la silla con la mano izquierda y con la derecha sacó el papel, con la dirección y el nombre de los clientes, de su bolsillo - ¿La casa de los Aranami? – preguntó, alzó la vista hacia el joven de ojos de gato y se sorprendió un poco por el aspecto que tenía. Llevaba la camisa blanca remangada, un chaleco y un pantalón negro ajustados, la cara manchada de tierra y una maceta con flores en las manos. La verdad es que ya no lucía como un niño acomodado, más bien lucía gracioso.
- Sí, aquí es - respondió el pelinegro con una cálida sonrisa.
Isamu llegó a su casa caída la tarde. Aun no comprendía muy bien como había podido quedarse tanto tiempo en la casa de los Aranami. Akio, el chico del carruaje, resultó ser amable y le trataba con una gran familiaridad, como si de toda la vida se conocieran. Y el padre del chico, Aranami Tetsuya, era una persona también muy gentil y cándida.
Ciertamente se había llevado una primera impresión equivocada. El que había sido un gilipollas ahí, fue él sin duda. Se quejaba de la gente que lo juzgaba sin haberlo conocido antes, y él mismo había hecho eso con aquellas personas.
Se trataba de una familia peculiar.
El padre del joven era un reconocido ex científico de la marina que se dedicaba ahora a recorrer Grand Line y a descubrir sus misterios. Su incesante búsqueda de respuestas a preguntas sin ellas, le había llevado ahora, a él y a su hijo, a la isla eterna (Todos habían re-bautizado a la isla así al compararla y asemejarla a una eternal pose gigante).
Abrió la puerta de su casa intentando no hacer ruido, pero en frente de ésta ya se encontraba su padre esperándole. Sin tener tiempo a poder reaccionar recibió un puñetazo que lo tiró al suelo. Un pequeño hilo de sangre corría ahora de su labio roto, que limpió con el dorso de la manga de su camisa. Su progenitor le miraba severamente. Sabía perfectamente el motivo de su enojo. El tiempo se le había pasado volando en la casa de los nuevos vecinos y había olvidado entregar el resto de encargos.
Ni se molestó en darle una explicación al viejo, sabía perfectamente que cualquier excusa era inútil con este. Adoraba su trabajo, incluso tanto, que podría afirmar que lo prefería antes que a su propio hijo.
Esa noche no cenó.
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Isamu se rascó la nariz tratando de ignorar la incomodidad que sentía en esos momentos, pero le resultaba bastante inútil. Desde el momento que entró, el joven de los Aranami lo estaba mirando fijamente con una expresión llena de curiosidad. El castaño estaba esquivando su mirada, pero levantaba la vista de vez en cuando, encontrándose con los felinos ojos negros de aquel muchacho.
El silencio y aquella insistente mirada estaban comenzando a crisparle los nervios, parecía que aquellos ojos nunca iban a terminar de gustarle.
Akio le observaba como si estuviera estudiando algo extraño, razón suficiente para que Isamu golpeara la pequeña estantería en la que estaban apoyados.
- ¿¡Que pasa!? – Preguntó encarando al pelinegro, quien no pareció sobresaltarse ante aquella acción - ¿¡Tengo monos en la cara!? – insistió al notar que el de las gafas no desistía de observarlo de aquella peculiar manera.
- Monos no – admitió acomodándose las gafas y negando ligeramente con la cabeza -, cara de simio tal vez – concluyó riendo abiertamente porque la expresión de incomodidad del castaño se torno a confusión, para que finalmente se cruzara de brazos molestó, mirando a otra dirección.
Akio suspiró para calmar su risa y recuperar su habitual serenidad.
- Pero eso se ve feo – comentó señalando el moretón y la hinchazón del costado del labio del hijo del carpintero -, ¿Cómo te lo hiciste?
- Errr... - el castaño sujeto el labio, haciendo un gesto de dolor al tocarlo -. Me golpeé con una madera. -respondió nervioso y tratando de quitarle hierro al asunto, después de todo, él no lo veía como algo tan grave.
- Ummm... - el castaño hizo un gesto dubitativo -, tiene mal aspecto – comentó sin ocultar la preocupación en su voz -. Pásate luego por mi casa, ¿vale?
- ¿Eh? ¿Por tu casa?
- Señor, aquí tiene su pedido - interrumpió la dependiente de la librería, evitando que el castaño pudiera objetar aquella... ¿orden?
- Oh, gracias, señorita - respondió Akio tomando un paquete grande con varios libros e inclinando ligeramente la cabeza. En seguida se dirigió de nuevo a Isamu -. Te espero a las 6. ¡¡¡Adiós!!!
- ¡E-espera! Aún no te…. - pero el otro joven ya se había marchado corriendo, dejando tras de sí sólo el sonido tintineante de la campanilla de la puerta del establecimiento -, aún no te he dicho si puedo ir. En fin… - suspiró. Luego, dirigiéndose a la dependienta -. Dígale a la señora Inoue que le traigo la nueva estantería que nos encargó.
Notas sobre los nombres:
Isamu: Valor.
Aranami: ola salvaje/violenta.
Akio: Chico brillante.
Tetsuya: Inteligente, Vigilia.




